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Finlandia, un país con apenas 5,3 millones de personas y siendo el más pobre del norte de Europa hace algunos años alcanzó los primeros puestos de los más importantes rankings internacionales que miden el éxito social (menos corrupto), económico (competitividad internacional) y político (más democráticos) de las naciones.

Finlandia ocupa el primer lugar en los resultados de los exámenes internacionales PISA, que miden los conocimientos de estudiantes de 15 años en matemáticas, ciencias y lenguajes, y es el país con mayor número de investigadores científicos per cápita en el índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.

Pero ¿Qué es lo qué tiene o hicieron los Finlandeses para en pocos años producir un giro de 180 grados en todos los órdenes?

Al preguntarle A. Oppenheimer a la presidenta de Finlandia, Tarja Halonen, ¿Cómo hizo Finlandia para pasar de ser un país agrícola que sólo exportaba madera a ser un exportador de alta tecnología? Le respondió: “El secreto es muy sencillo y se puede resumir en tres palabras: educación, educación, educación”. Un país que cuenta con más del 90% de los colegios municipales y la enseñanza privada es casi nula.

En las últimas décadas Finlandia invirtió más que casi todos los otros países en la creación de un sistema educativo gratuito y en la investigación y el desarrollo de nuevos productos. Siendo lo que les permitió convertirse en un país con industrias de tecnología de avanzada.

Los jardines maternales y el año de preescolar es voluntario, aunque la mayoría de los chicos concurre a estas instancias de educación temprana, en las que juegan, cantan y realizan actividades lúdicas. Pero no más. "La educación obligatoria comienza a los 7 años porque antes los cerebros no están listos. Nuestras investigaciones neurológicas muestran que antes de esa edad el desarrollo cerebral y físico no es el apropiado para el aprendizaje académico" explica la directora de Educación Preescolar y Básica de Finlandia, Irmeli Halinen.

¿Y cuál es el secreto de sus sistema educativo? Le preguntó. Entre otras cosas, el excelente nivel de capacitación de los maestros de escuela primaria fue la respuesta. A muchos expertos internacionales les cuesta creer que sea tan simple como tener buenos maestros.

Los maestros en Finlandia necesitan tener una maestría de una de las universidades con carreras acreditadas en educación para poder enseñar en primer grado, y una licenciatura para ser maestros de jardín de infantes. Y los maestros gozan de un estatus social especial: reciben una buena paga –empiezan ganan do un salario no mucho menor que el de otros profesionales- y la profesión goza de gran prestigio. No es nada fácil ser admitido en la Escuela de Educación de la Universidad de Helsinski: tan sólo un 10% de los aspirantes logra ingresar a ésta o a alguna de las otras universidades acreditadas para enseñar la carrera. Al igual que todos los demás finlandeses, estudian gratuitamente, y además reciben una beca del Estado de alrededor de 450 dólares por mes para ayudar a pagar sus gastos de hospedajes y alimentación.

¿Pero cuántos países pueden permitirse semejante lujo? Le preguntó. Su respuesta fue que para tener una buena educación, debes tener un buen gobierno, que no sea corrupto, y que destine los impuestos que se recaudan a la educación. Si no tienes un sistema impositivo adecuado o no tienes un gobierno honesto, es imposible pagarles bien a los maestros y tener un buen régimen educativo.

Al visitar una escuela, a unos 40 kilómetros de la capital, encontró que había dos maestras en cada clase y una tercera esperando en un cuarto contiguo. Se trataba de una escuela moderna, que con un total de 45 maestros para un total de 535 estudiantes se enseñaba desde primero hasta noveno grado.

¿Un promedio de un maestro para cada 12 alumnos? Explicaron que había varios maestros de licencia por maternidad o por estar haciendo cursos de posgrado, y que los maestros en ejercicio tenían un promedio de 20 a 22 alumnos por clase. En cada clase había un maestro, una maestra asistente, y una maestra “especial” que generalmente estaba en un cuarto aledaño y se dedicaba a dar clases particulares –gratuitas también- a los alumnos que tuvieran dificultades para entender los cursos del día.

Por ley, entre primer y segundo grado no puede haber más de 25 alumnos. Y de tercero a sexto, hay entre 25 y 30 chicos en cada aula. A partir de séptimo, en los grados superiores, el número baja y los maestros trabajan con 15 a 20 chicos.

En la actualidad para la sociedad finlandesa ser profesor/maestro no el plan B de quienes no lograron entrar en la carrera de abogacía, quieren ser educadores.

Uno de los grandes secretos del éxito del sistema educativo estatal finlandés son sus “maestros especiales”, encargados de dar clases personalizadas a aquellos alumnos que –aun después de recibir la ayuda de las maestras asistentes- siguen sin comprender cabalmente una clase. Las maestras especiales, que por lo general son las de mayor experiencia y tienen estudios de posgrado más allá de sus maestrías, tienen un aula separada, donde dan clases personalizadas a los alumnos con las clasificaciones más bajas. Las horas de clases personalizadas varían, dependiendo del caso. Si después de las clases especiales los alumnos siguen teniendo bajas calificaciones, el maestro llama a los padres para elaborar una estrategia común para mejorar su rendimiento en clase. Los niños siguen en la misma clase, con sus mismos amigos, con las mismas metas y el mismo currículum educativo de todos los demás. La escuela pone especial énfasis en ayudar a los alumnos de los tres primeros grados, porque su desempeño al comenzar la escuela determina en gran medida su desempeño posterior. Gracias a esta ayuda el nivel de deserción es mínimo: apenas 2 o 3 por ciento.

La lectura, la escritura y el manejo de las habilidades matemáticas son la prioridad en el aula. También se busca el aprendizaje en competencias, más que en contenidos, y cada escuela puede organizar las asignaturas en áreas.

El otro gran secreto del buen desempeño es “Wilma”. Un software por el cual las maestras están en continuo contacto con los padres de los alumnos, y juntos siguen semanalmente sus pasos. En él se vuelcan desde las calificaciones hasta avisos referidos a la conducta. Al mismo tiempo que permite saber si los hijos han asistido a clases ese día. El éxito fue tal que se ha expandido al punto de utilizarse para avisar si los alumnos debían hacer una tarea para el día siguiente o si se estaban quedando atrás en alguna materia.

Los niños finlandeses tienen una buena razón para esmerarse y sacar buenas notas: el que no obtiene un promedio de 7,5 en el séptimo, octavo y noveno grado no pasa al colegio secundario, y debe ir a una escuela vocacional. ¿Eso significa que los que no logran ese promedio dejan de estudiar? No pero estudian oficios (plomería, técnica de belleza,  mozo de restaurante, electricista, técnico en pesquería, entre otras). Al indagarse si no era cruel denegar el ingreso a la escuela secundaria a jóvenes que quizás todavía no tienen muy desarrollada su sentido de la responsabilidad, la respuesta fue que podía ser cierto, pero que la experiencia mostraba que la mayoría de los estudiantes que no alcanzaban el promedio requerido deseaban ir a alguna escuela vocacional.

Y para pasar el secundario a la Universidad el sistema es aún más competitivo. Según estadísticas oficiales sólo el 20% lo logra. Además de un excelente promedio en la escuela secundaria, los postulantes deben pasar un riguroso examen de ingreso.

Finlandia tiene una educación gratuita, pero altamente selectiva.

Principales características:
  • Igualdad de oportunidades en todos los establecimientos educativos. Homogeneidad entre áreas y niveles sociales. Las escuelas que enseñan a niños de menor nivel socioeconómico reciben refuerzo presupuestarios
  • Calendario escolar de 190 días
  • Educación obligatoria hasta los 16 años de edad
  • Casi nula deserción escolar y muy pocos alumnos repitentes
  • La enseñanza secundaria cubre al 95% de los jóvenes
  • El país invierte el 6,5% del PBI en educación. La enseñanza es gratuita y además cubre los libros, materiales de estudio, comida y transporte de los alumnos
  • El gobierno determina el 75% del contenido de los cursos obligatorios y comunes a todas las escuelas. El resto es responsabilidad directa de cada escuela, con participación del director, maestros, padres y alumnos
  • Al finalizar el ciclo obligatorio (hasta 16 años) los alumnos pueden optar por cursar el bachillerato (secundario) de cultura general o elegir un instituto de carácter profesional (oficios). Los liceos donde se cursa el bachillerato (secundario) seleccionan sus alumnos según sus calificaciones en el nivel obligatorio. Este bachillerato culmina con un examen general y uniforme al final que se toma al mismo tiempo en todo el país. Para ingresar al nivel superior universitario se exige aprobar previamente esta prueba nacional
  • Si un joven que termina el ciclo primario  obligatorio a los 16 años no aspira a ingresar al bachillerato (secundario) tiene abierta la opción de los institutos técnicos y profesionales (oficios), vinculados incluso a centros laborales por contratos de aprendizaje. Esta formación básica dura tres años
  • La carrera docente es de carácter universitario, tiene mucho prestigio y se registra una alta demanda para ingresar a la misma, por eso sólo logran ingresar a la Universidad para cursar esta carrera apenas la quinta parte de los postulantes lo cual permite una selección muy rigurosa. Para ser maestro de primaria se exigen seis años de carrera universitaria. Los directores de las escuelas son quienes seleccionan y designan a los docentes graduados de la universidad
  • La televisión coopera con la educación
Fuentes para la presente nota:

Basta de Historias - Andres Oppenheimer

Otra escuela para el futuro - Alieto A. Guadagni

http://www.lanacion.com.ar/944776-finlandia-el-modelo-educativo-de-hoy

 


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